Me esperaste en ese café como habíamos quedado. Y llegué diez minutos después de lo que habíamos pactado, así y todo me esperaste con una flor en la mano. Me viste llegar, te levantaste, me abrazaste y me dijiste:
- Qué linda sensación la de volver a verte.
- Ya sé, se siente como el invierno que termina y la primavera que regresa.
- Sí, ¿pero eso no es amor?
- No sé lo que es el amor, sólo sé que es "eso" que estoy sintiendo en este preciso momento, mientras mi corazón galopa rápidamente.
- Qué bueno que no soy el único. Te amo Bárbara. ¿Sabías?
- No lo sabía, lo presentía. Y veo que no me equivoqué... Te amo.
En ese momento me tomaste la mano. Los contrastes de ambas manos eran inevitables, la tuya calentita y la mía helada como la nieve que cae en invierno, pero ambas tenían algo en común... Temblaban. Temblaban por la situación, temblaban por la cantidad de pulsaciones seguidas.
Luego te abracé, necesitaba que algo me contuviese. Necesitaba ése abrazo, tu abrazo, tu contención. Necesitaba poder pensar todo aquello que estaba pasando en el medio de ese salón con gente alrededor bebiendo café y comiendo brownies y muffins. Necesitaba que me besaras. Y en ese momento, como si me hubieses leído la mente, me sacaste de ese abrazo, me miraste fijamente, te sonreíste y me dijiste:
- No tomemos café, tomemos frío y refugiémosnos juntos.
- ¿Cómo?
- Así mirá... (me tomó de la mano, y salimos corriendo de aquel lugar)
- Ah ya entendí. ¿Pero el refugio?
- Y el refugio sería algo así como esto...
Instantáneamente me besaste. Me sentía feliz. Creo que mis pulsaciones eran tan rápidas y fuertes que hasta las pudiste sentir como yo sentí las tuyas. Finalmente me dijiste:
- Qué lindo es el invierno si lo paso a tu lado, sinceramente parece primavera.
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